21.3.13

Diagnostic Bird Says...

Slices of Life. Miedo a los micrófonos.

Cuando era niño vivía en una colonia bonita, en verano cuando había semanas sin escuela, las calles estaban llenas de niños jugando, en bici, en avalanchas y casi todos íbamos a la misma primaria. Suena como a los años maravillosos y en realidad lo fueron.
A veces me entristece que no pueda darles a mis hijos una infancia tan tranquila como la que yo tuve, pero pues, tendría que irme a otro estado, uno que estuviera creciendo apenas y ya casi no existen esas utopías.
Era una colonia nueva, casitas de dos pisos con patio al frente y patio atrás, sin bardas frontales, ni rejas.
Sólo un caminito de piedras para subir el coche al garage.

Había pocas Caribes y Bochos que se estacionaban debajo en la calle, más lugar para nosotros, en mi calle no pasaban autos al menos en un par de horas, tomabamos la calle entera para jugar tocho. A todos nos gustaba el tocho. Tal vez por vivir en esa fantasía de suburbio gabacho.

Un día había ido a ver "La Historia Sin Fin" a los Cinemas 1, 2, 3. y pues me junté con mis amigos a hablar de ello como si fuera un crítico de cine a mis 7, 8 años.
Como era de esperarse nos aburrió el tema y decidimos dejarnos ir en la avenida de bajada con las avalanchas.

Por el medio día, justo antes de que nuestras madres salieran a gritarnos; Javi!! Ya está la comida, métete. Había tiempo de echarnos un tocho con una cuadra rival.
Ir a la calle de atrás era ir demasiado lejos en muchos sentidos.

Aunque conocía a niños de otras calles, ya que todos ibamos a la misma escuela. Yo sólo jugaba en mi misma calle.

Ir a otra y pedir un tocho a los niños que jugaban en ella era algo muy valiente, te hacía sentir mayor.

En esa calle tenía un par de amigos, algunos todavía lo son.
Jandis, Javier, El Milmo y...

Los Micrófonos.

El motivo de este recuerdo.

Los Micrófonos.

Estamos hablando de 1984, qué se yo, por ahí.

Ellos eran dos hermanos que se llevaban poca diferencia de edad y por consecuencia siempre andaban juntos, los dos tenían el pelo muy chino, tipo afro.
Sus padres seguro eran muy modernos ya que les dejaban crecer el pelo... ahora que lo pienso todos teníamos el pelo largo, pero el mío era lacio y negro como perro mojado y el de Los Micrófonos era esponjado y afro, los dos parecían dos micrófonos de los que usaban en la tele, Raúl Velasco o Abraham Zabludovsky.
De ahí su apodo; Los micrófonos.
Vivián en la otra calle, en una de las pocas casas que habían construido una barda enrejada frente a la casa.
No eran muy populares pero no lo necesitaban, eran hermanos y se llevaban muy bien.
A veces los veías jugando detrás de la reja, mientras echabamos el tocho, ellos solos.
De esos niños que conoces pero no aparecen en tus memorias, hasta que un día...

¿recuerdan esos veranos largos como de dos meses?

Aquellos donde salías de vacaciones en la escuela y al regresar ya habías crecido dos tallas de altura, zapatos y algunos hasta les había cambiado la voz.

Uno de esos veranos terminó y Los Micrófonos no regresaron a la escuela nunca más.

A nadie le pareció algo raro, ya que no eran muy populares pero un día uno de los niños de esa calle, uno que vivía justo frente a su casa, se percató que el pasto crecía y que nadie salía ni enrtaba de ahí.

El nos dijo: Los Micrófonos se cambiaron de casa.

Y esa fue la versión oficial por varios años.

Hasta que un día, otro verano de tal vez 1989, muchos de nosotros ya habíamos crecido demasiado, ya escuchabamos a The Cure, Ya no pasabamos el verano viendo Súpervacaciones en Reino Aventura, algunos ya tenían novia.

No era mi caso, yo sólo ya oía a The Cure y usaba el pelo más largo, me estaba cambiando la voz y se burlaban de mi en el equipo de football americano donde jugaba.
En Los Vikingos del Lago me llamaban "Gigan" haciendo alusión a Giganton de la caricatura de los pitufos, no por grande si no sólo por mi voz, me decían: "Gigantón tiene hambre" haciendo esa voz estupida que de cualquier modo todos mis amigos tuvieron unos meses después. Uno por uno habló como gigantón un día.

Lo único que no cambiaba en los veranos era el ocio.
Nadie era tan rico como para irse dos meses de vacaciones y tarde o temprano estabas en la calle con tus amigos en bermudas de colores y con jerseys de la NFL echando el tochito con los de la otra calle.

Uno de nuestros mejores cores lanzó un bolillazo que voló por arriba de los recién instalados cables de cablevisión y cayó directamente hacia un gran ventanal de la sala de una casa abandonada por algunos años, la casa de los Micrófonos.

¡Era mi balón!

Una de esas pocas cosas que tienes a esa edad y que no puedes perder por ningún motivo, así que tuve que saltar la barda y entrar.

El pasto y la hierba me llegaba hasta la cintura, escuché algún animal huir entre la hierba y aún caían vidrios de la ventana, el balón había roto la ventana y había pasado la cortina hacia la sala de la casa abandonada, la casa donde vivieron los Microfonos hasta que se mudaron.

Según nosotros.

Talvez no recuerde muchas cosas de mi preadolescencia pero recuerdo ese momento y aún me eriza la piel.

levanté la cortina cuidadosamente para ir por mi balón y lo que vi me heló.

La casa de los Micrófonos estaba tal y como era seguramente cuando ellos vivían ahí.

Había capas de polvo que cubrían hasta las paredes y telarañas que se habían acumulado en las lámparas de crital cortado.

Había un muro completo tapizado con ese tapiz que simulaba un bosque otoñal, el sól se había comido todo su color y otro de los muros era de esos cuadros de espejo con círculos naranjas, el polvo los había cubierto al grado que casi no me reflejaba.

En los muebles se veía una fragilidad intocable, como si con sólo soplarles el polvo los fuera a desintegrar, al fondo en el comedor había un comedor de 4 sillas tubulares, una lámpara que colgaba desde el techo hasta la mesa se había caído con el peso y casi tocaba la mesa.

Aquella mesa era lo que más me dió miedo.

En ella, debajo de las capas de polvo, había un periódico, un tazón con algo negro y seco dentro y junto a el una cuchara y un cartón de litro de leche alpura, ya ni siquiera usaban ese logotipo.

Entraba poca luz por la hierba que había cubierto las ventanas, pero aún así la casa se veía por completo.

No pude moverme por un par de minutos, vi la casa como una escena detenida en el tiempo.

En ese momento supe que Los Micrófonos no se habían mudado y mientras yo estaba enmudecido, alguien me gritó, tomé mi balón y salí gritándoles; Vengan a ver! No mames!!

Los 8 entramos y lejos de parecer menos amenazante la casa en grupo nos daba el mismo miedo a cada uno.

Salimos corriendo de ahí y ese fue el tema de conversación durante años, años.